msrperformance23Sanbdopoeta
JUAN EDUARDO DÍAZ POETA1976CHILE selecΩ
CÓMO SE LLAMA
Tengo algo aquí, no sé, cómo se llama esta parte, justo atrás de mi rodilla que me hace
cojear de versos, de original, de sentido, me hace cojear hasta de mujer. Yo no sé, cómo se llama esta parte
Me hace doler hasta el cuello, bajo de la oreja.
Me asusta el ritual callejero de encontrarme con mi reflejo, pero las polarizadas vitrinas me sonríen con la simpatía de un bolero rancio de vino. No sé, cómo se llama esta parte, aquí, bajo el mentón, donde me tocas, donde me gustas...
Y me haces promesas de horizonte, de espalda desnuda, de tu mano entre las dos.
Yo no sé, cómo es que se llama esta parte que tanto me duele cuando no estás, la misma que sólo recuerdo cuando me miras y donde te alcanzo y te duermes...
Porque tu boca lleva mi ropa interior empapada y un estúpido sortilegio en los labios.
No lo sé, cómo es que se llama este lugar, donde pusiste tu dedo, donde clavaste a modo de zarpa y como a sorbo egoista tu beso...
Y si me dijeras que no lo sabes...te creería.
Si cogieras nombres al azar con la letra eme
al comienzo también lo haría, aunque no dijeras nada, nunca dejes de mirarme.
Tengo algo aquí, no sé, cómo se llamó esto…
EL HOMBRE QUE NO HABLA
Oculto entre mis vértebras
se arrodilla frente a un muro y llora por las manos
vive a través de mi registro malgastado
se estremece a la manera de una antorcha.
Es en este oficio donde se puede sentir tibio el rostro
hasta caer por el barranco en mansedumbre bovina
como las tercas piedras que no pueden
aunque quisieran moverse.
El hombre que no habla delega el deber a los cirios
que ya piensan en retornar vacíos
de aire y tierra en los ojos.
El miedo largo a la sombra antes de tocar mis pies.
Entonces tornamos a mirar
como hasta el inocente color verde
se ha marchitado en la estepa del pellejo
cortado a saña por una hoja mellada
del insolente álamo de la infancia.
PENA DE UN RECUERDO TIBIO
La casona se hace tan encima de los huesos,
bastan veintisiete huellas en la tumba del pino oregón y de pronto silenciar la luna de la calle sólo con un clic. Agrietas el umbral tortuoso a empellones
te lanzas oscuro entre los brazos de los fantasmas
que esperaban tu llegada en otoño.
El mono-ambiente con ventanal y celosia te regala
una bienvenida habitual la descarnada fragancia del antiguo sexo, pues descubres en tu cama a la soledad desnuda revolcándose con el silencio.
Vuelves a enmudecer la lumbrera y enciendes un cigarrillo trasnochado,
tumbas a tientas tu cansancio junto a los amantes.
La nostalgia ahora te llama tocando el cristal del ventanal, en pena de un recuerdo tibio, conmovido la dejas pasar y le sirves un café dulce.
Vuelves al ventanal con celosía y te detienes en el brillo del poste proyectándose en la calle mojada,
desde ahí recuerdas todo el pasado que amontonaste hasta hoy bajo el catre, pero el crujir de tu cama te avisa que de nuevo han de comenzar los amantes.
Con ese ritmo la nostalgia se enardece, deja tus recuerdos de lado y se suma a ellos sin siquiera probar su café.
El tuyo mientras empaña el vidrio donde te reflejas,
tomas un sorbo largo de tu anochecido elixir.
Descubres por la enmudecida cama que el silencio ahora se fuma tus cigarrillos,
y es cuando te quitas tus ropajes de concreto y te acuestas sin pensar en nada.
Puede que el café no te permita dormir.
La soledad, la nostalgia y el silencio se abrazan a ti como niños entumidos,
ellos aún se acarician en evidencia,
pero las sábanas están tan frías que descubres no poder más con esta inquietante desolación.
(Fuente: Marcelo Sepúlveda Ríos)