La ventana:
En un edificio chato, con la fachada horadada por una
única ventana como un rostro con un pómulo aplastado,
ojos de perro veían el mundo en blanco y negro, y nada más.
Árboles grises, arcoiris grises, negras puestas de sol.
Naturalmente, adorábamos la ventana, que se abría ronroneando,
o se cerraba escondiendo la luz, por obra de una voluntad
que de ilegible, parecía inorgánica.
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