miércoles, 28 de octubre de 2026

Igor Barret (Venezuela, 1952)

 

 

PAISAJE MUERTO

 


 
 
 

EL MURO DE MANDELSHTAM (2017)



Significados

ALGUIEN se lleva la mano al corazón 
     y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles 
    y quien las hizo 
   no calculó su capacidad 
  para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos: 
     la forma de agruparlas, 
    el tallado y la orquestación: 
    siempre los adjetivos 
  merecerán una reprimenda 
  por nuestra sentimental torpeza 
    y los gerundios estancados 
  en el encabezamiento del verso 
 codiciarán el sonido de cada vocablo.
 Pero además, qué puede ser un verso 
   sino un corralito de estantillos 
     de madera podrida 
   en demasía inútil para contener 
      el animal que somos.



Apenas un retrato

   HE visto caminar 
   al transformista 
moviendo sus labios 
en la doble sombra

y supongo que entona 
una cierta monodia, 
   junto al basural 
de las nubes de julio.

Aunque 
al parecer 
el primer verso
le resulta... «demasiado lírico».


—Son 

las heces 

retóricas 

del bien.

(Sentenció Mandelshtam)


Así... pues

el discreto confidente 
  se fue a dormir:
luego del registro, la incriminación 
y la detención.



Mandelshtam

   ANTES de escribir 
yo solo tengo unos labios 
  que se mueven resecos.

Es algo que me ha urgido a gastar 
   la suela de mis zapatos 
en una caminata estrecha y desértica.

Hasta que la voz del poema 
             es audible 
y me grita:


— ¡Ya basta! (...) ¡Suéltame!
— ¡No me toques!
— ¡Ya no me toques!

Entonces, estoy seguro: 
   que el ágape 
  ha llegado a su fin:
  
           y otra vez

el lobo devoró al cordero.


RETORNO
(a la clase media)



El canario


   EN el desayuno 
mientras el pan está caliente 
   mi amada Xiomi 
       y yo
     y el canario 
     en la ventana 
    dentro de su jaula 
    (amarillo y pardo)


mientras gustamos el pan 
    conversando 
y haciendo el recuento 
    cotidiano
   que nos mantiene vivos 
   en un presente 
      eterno

    y charlamos 
frente a la taza de café


pero el canario en la ventana 
no entiende

y supongo que imagina 
    que somos 
    otras aves 
   que con el albor 
  se han desatado 
     en cantos
celebrando otro día 
   en que las plumas relucen
      y aún
     no se pudren 
en la muda de los años

     y entonces
el canario (creo yo) confundido 
    y pensando 
   que nuestra charla 
     no es charla 
     sino canto 
comienza también
         él
       a cantar
cada vez más fuerte 
hasta que nos calla 
y volteamos a verlo 
    en silencio


y él se queda en silencio 


    y me parece
   que nos miramos a los ojos, 
aunque sus ojos sean tan pequeños 
   y nos quedamos mirando 
     por un rato
escribiendo la pregunta de la distancia 
    entre él y nosotros, 
      de aquello 
    que posiblemente 
     esta mañana cantando 
       nos dijimos 
     pero no se entendió.
         Quizás
          era
        tan solo      
      la partitura
      de una monodia:
        la suya
    y la de cada uno
   
     tan bella
   y sin sentido.




EL LLANO CIEGO (2006)



Naturaleza intacta

Contra «la naturaleza intacta»
opongo el momento cuando abro
de madrugada las puertas
hacia el pasillo exterior de la casa
y veo el triciclo de mi hija
en colores primarios
y la luz amarilla (¡que tanto amo!)
de un bombillo
opongo al blancor
(cristalino o difuso)
que llega con el alba.
Esta es mi «naturaleza humana»: 
mi humildad mutilada.


XI

Escribir desde la conciencia del exilio. Desarticular una visión lírica de la naturaleza, enferma de alabanza y de paisaje.


XVI

Cuál será la imagen que busco de la naturaleza. Sin duda que no se trata de una deificada y espiritualizada hasta el hartazgo. Pero tampoco esa otra más moderna de la que habla Gottfried Benn en su Carta a Oelze: La naturaleza es vacía, desierta; sólo los venados ven algo en ella, pobres diablos condenados a constante sufrimiento. ¡Huya de la naturaleza que echa a perder los pensamientos y estropea notoriamente el estilo! En Benn, cuya voz proviene del intramundo urbano, se expresa una visión ausente de piedad. El poeta alemán no quiere ser la voz de un colectivo, ni de la impostura burguesa de sus valores: la solidaridad, la autenticidad, la identidad, la trascendencia. Aunque me inclino por su poesía sin piedad, despojada y libre, no tolero su desapego y vaciamiento de alma. Si la naturaleza ha sido pervertida e intervenida y sobrevive apenas en el imaginario del exilio, es preciso que cargados de esta conciencia del deterioro (y recuerdo a James Hillman) nos dispongamos a restituir el alma al mundo.


XVII

¿Naturaleza? Lo no-humano, simplemente aquella porción del cosmos que no he visto, lo más apartado, el lugar donde unos pájaros comen semillas de árboles para los cuales carezco de nombres. La sola presencia de una persona ahuyenta la naturaleza, la descoloca con su orgullo y humanidad. Decir «hombre» y huir, todo lo que transcurre sin ley alguna, es la misma cosa.


XX

El paisaje ha muerto. El paisaje de tradición romántica ha muerto, a pesar de que aún descubrimos marcas de lirismo alabancioso en nuestros poemas. En él la naturaleza se identificaba con un estado edénico anterior a la «caída». La naturaleza era su «paraíso perdido», algo que nos abandonó al cruzar la puerta de la infancia, tal como leemos en la «Oda de los indicios de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia» de Wordsworth. Éramos roussonianamente felices en los predios de ese paisaje hasta la llegada de la modernidad que precipitó el abandono de nuestra memoria ancestral y colectiva. Pero la modernidad también trajo consciencia ideológica y lingüística, señalando la gran carga de simple utilería que se acumulaba en nuestra visión de la naturaleza. Aunque habría que decir que el romanticismo estuvo animado por un espíritu nacional de reconocimiento de lo geográfico, donde la representación del paisaje constituía una forma de encarnar estéticamente lo que en otros ámbitos era un destino político.



LA SOMBRA DEL APOSTADOR (2020)


El tiempo de vida de las aves

La edad de un ave tiene que ver
con la cantidad de veces
que muda las plumas de su cuerpo.
Nunca se habla de muchos años 
     sino de pocas ocasiones 
     generalmente lluviosas 
en que de nuevo se «viste»
     con plumas de parecido color.
Qué vanidoso es el que cambia 
     con cierta frecuencia 
su camisa y hasta un par de zapatos, 
aunque lo haga con dolor casero 
     frente al televisor
para asistir a esos empleos sin salida 
o a los bares de toda la noche.
Mientras que un ave siempre se vestirá menos 
     y morirá más pronto:
justo en el momento cuando toda su sangre 
     corra a cambiar su plumaje

     antes del último relámpago.



Alectromaquia

El Gallo Combatiente es una llama.
    Eso explica su arrojo ante la muerte

mas no su complicidad con la sombra del apostador 
    que sólo ansia recuperar

unas monedas de plata
    atesoradas en una chácara de cuero.

¡Qué profanación divinizada!
    ese momento donde el hombre y el gallo

se miran a los ojos:
    y uno quiere ser el otro.

Algo semejante ocurrió cuando los Dioses 
    combatían a la par nuestra

jurando que éramos «iguales».
    Pero aclaremos algo:

al menos la sangre del ave derramada
    bajo el cobertizo que sombrea el palenque

siempre le retornó certezas al mundo.
    Y ese gesto puro del Gallo de Combate

es la parte baja de la llama. Desde allí,
    asciende con simplicidad aterradora.




El Bar La Sirena

Elegimos mirar.
San Agustín, El orden


Era un bar con paredes y techo de zinc 
    y al acercarse la hora tercia 
    el dueño vistiendo una guayabera de lino blanco 
    anunciaba para todos el espectáculo de la noche.

Entonces, subió a la tarima una mujer de cota roja 
    con minifalda de lentejuelas, 
    traía una cesta de mimbre colgando del brazo, 
    la que dejó sobre un mostrador 
    y comenzó a contorsionarse al ritmo
    del acordeón de un vallenato 
silenciado por el enjambre de las murmuraciones.

Una ondulación cuasi-musical ascendía por aquel cuerpo menudo 
    desde sus pies hasta el extremo de sus manos, 
    donde el metalizado tintineo de unas pulseras 
    de plata negra
    era escuchado (sólo) por los que se encontraban 
    en las mesas más cercanas 
o parados y absortos por lo que ocurría.

Junto a mí había un hombre muy obeso 
    y en la barra
    un par de sátiros sordomudos 
nos daban la espalda.

La odalisca se quitó la cota
    dejando al descubierto las dos ciruelas de huesito
    que eran sus senos.

El zanganerío se acallaba:
    y ella abría sus brazos, 
    movía sus dedos
como el detalle relevante de su desnudez.

Las botellas de cervezas quedaron inmóviles 
    en una sudoración fría 
    al desabrochar 
    el sujetador de su minifalda, 
    y en pocos segundos
la prenda más íntima de polyester negro, también cayó.

Luego se fue acercando a la pequeña cesta de mimbre 
    para sacar una culebra boa: 
    mantona, mazacuata, jiboia, 
    que extendía la cabeza triangular 
ofreciendo un saludo con su lengua bifida.

Afuera del local
    la Vía Láctea
    flotaba sobre una carretera de tierra 
y la vaguedad del celaje de una bicicleta.

Mientras, la odalisca pueblera, iba de aquí para allá 
   acompasadamente.
   Y de pronto la boa 
   entornada a su cuerpo 
   descendió a la cintura 
   y obedeciendo
   a  un coito  antiguo
   se introdujo por la rajita 
   guarnecida con vellos aceitosos, 
   la cual se tragó cincuenta centímetros de reptil.

Desde el plafón del techo pendía 
    un cable con su bombilla 
— que ni siquiera parpadeó — .

No aletearon los esfíngidos
    que suele traer la noche.

Transcurrieron breves minutos

(...)

y fue halando el decapitado músculo 
    hasta ver la cabeza 
con sus pupilas verticales.

La respuesta fue un clamor.
    Y un gallo
    de plumaje hollinezco 
    amarrado en algún lugar de la trastienda, 
cantó dos veces.

En el rostro de la mujer apareció el surco 
    de una sonrisa 
    que la acompañaría 
    frente a su cena
de un plato de arroz con pescado frito.

Mientras la boa mantona, mazacuata, jiboia, 
    se arremansaba 
    en su jaula,
hasta la próxima función.

*
¡Dime alma mía! 
cuánto valdrás algún día, 
que en la pobreza yo quiero: 
tener dinero, tener dinero.

(Del libro homónimo,
"Una antología,
Edición de Juan Cardenas,
Fondo de Cultura Económica,
2025)
Igor Barreto


Igor Barreto. Poeta, ensayista, escritor y editor venezolano. Nació en San Fernando de Apure, en 1952, y residió varios años en Rumania; a su regreso se incorporó al taller Calicanto. Luego cofundó, tras su ruptura, el conocido Grupo Tráfico del Arte en el Instituto Caragiale, de Bucarest. Realizó estudios de cine y dramaturgia; ha desarrollado una importante carrera durante la cual ha sido editor de catálogos de arte para diversos museos de Venezuela. Trabajó en la Dirección de Publicaciones de Museos, adscrita al Ministerio de Cultura de Venezuela. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Colaborador como articulista de prestigiosos diarios y revistas literarias nacionales e internacionales. Ha representado al país en diferentes encuentros internacionales en Rumania, España, Estados Unidos, Colombia, Cuba y Argentina. Sus poemas son incluidos en las antologías de poesía venezolana contemporánea y algunos de ellos traducidos al inglés y al francés. Barreto es una de las voces más importantes de la poesía venezolana contemporánea. A través de un archivo de materiales diversos que enrarecen la noción de literatura, este autor explora estados de interrupción de la vida como experiencias en las que el poeta ensaya los límites de su lengua e interviene las formas dominantes de sentir e imaginar, para proponer una poética de la vulnerabilidad y de la dificultad. Ha ganado el Premio Municipal de Literatura, mención Poesía, en 1986, y el Premio Universidad Central de Venezuela, mención Poesía, en 1993. Obtuvo la beca Guggenheim, en 2008. Además, fundó en la década de los ochenta la editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, Han sido publicados sus libros de poesía: ¿Y si el amor no llega? (1983), Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1986), Crónicas llanas (1989), Tierranegra (1993), Carama (2001), Soul of Apure (2006), El llano ciego (2006), El duelo (2010), Carreteras nocturnas (2010), Annapurna. La montaña empírica (2012), El campo/el ascensor. Poesía reunida (1983-2013) (2014), El muro de Mandelshtam (2017) y La sombra del apostador. El Gallo Combatiente y su ritual analfabeto (2021). Además, forma parte de la antología poética 25 antenas, poesía hispanoamericana (2017).

 

(Fuente: La biblioteca de Marcelo Leites) 

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