Flores.
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Ellas tienen un modo de vivir.
Atadas a la tierra. Y mecidas
por la fuerza de la brisa. O el viento.
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La rutina de las flores se transformó en su condición.
Y aunque me inquietara, se los agradecí.
La rosa mental ya se había iniciado en mí.
Pero su realidad era otra.
Y opuesta.
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Las contemplaba en jardines que nunca
eran los míos.
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Después llegó un jardín para mí.
Y lo llamé con una palabra de un idioma que no entiendo. Pero lo nombra.
Garden.
Él y yo nos comprendemos. Exactos.
Como un espejo y un cuerpo.
Un deseo sin arrepentimiento.
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Sus flores piden agua.
Fuerza que les doy. Fuerza
en la que no sé moverme.
Fuerza que ellas absorben plácidas con sus cuerpos entre el aire.
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Ellas piden buena tierra y no se las niego.
Así me reparo de la aridez del mundo.
La inseguridad en las tormentas.
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Ellas crecen en Garden como lo que son:
Vegetales sobrevivientes del antiguo mar.
Yo las busco al levantarme entre ámbar.
Turritelas.
Amonites. Y me asombran cada día.
Abro la ventana.
Y allí están.
Exhibiendo que es posible organizar las fuerzas de la luz
el agua la tierra y el aire y transformarlas invariablemente en color.
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Verlas atadas a lo terrestre ya no me oprime. Ni me angustia.
Me tranquiliza.
Me siento como ellas.
Unido a la materia en mi propio cuerpo.
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Verlas atadas a lo terrestre me tranquiliza. Las flores
ordenan mi mundo. Aplacan
mi rosa mental. ¡Ah!
¡Qué admirable estar atado a la tierra y producir belleza¡
¡Qué admirable que tu corola mental descanse en el aire y no estés enloquecido¡
.
Hoy existe un jardín que es el mío.
Y su nombre es Garden. Mi jardín
no es un pasatiempo. Yo no hago jardinería. Y tampoco
es tan mío.
Garden es una posibilidad que me fue dada.
Para que yo vea fluir las tramas de la luz sin desquiciarme.
Para observar esas tramas en las flores y entenderlas
como una capacidad natural de producir belleza.
Y por eso mismo no esperar nada.
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Nada más.
De la soledad.
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