miércoles, 30 de septiembre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

 

𝐄𝐯𝐚

 

¿Qué hacías para evitar las preguntas hirientes
de tu madre cuando te perseguía a escobazos
por la casa? Tu madre era tu madre, blanca,
pálida, de lengua afilada como los cuchillos
de la carne. Te enseñó a resistir la miseria
con orgullo, a recorrer sin miedo los pesados
cúmulos de arcilla pisoteada del baldío lindero
buscando suculentas, uñas de gato y patas
de elefante. En el aire gelatinoso de los veranos
de Ortúzar embaucaba el hambre de palitos
Laponia con los cuentos del sapo cantor
que tenía los zapatos empapados de mar.
Cargó para nosotros con el peso del presente
tal cual era, para que no hubiera nunca vacío
ni miedo al vacío que ataca a las almas. Era
en un solo cuerpo tres mujeres, tres Evas: una,
radiante, que de tanto en tanto saboreaba el olor
a pasto quemado del hígado picado servido
al unísono con salsa casera de cebolla y música
de Haendel. Otra, inalterable, que luchaba
(deshecha su cabeza por el amor y el odio)
contra un enemigo mayor que sus dones, ya muerto.
Y aquella como a sí misma gustaba llamarse: Eva d'Este,
marquesa de los escombros, desidiosa, indolente,
princesa de Porthos, sin posesión real ni dominio
ni otro poder que el que rige el corazón.
 

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