sábado, 19 de septiembre de 2026

Jotamario Arbeláez (Cali, Colombia, 1940)

 

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas, sobretodo y trenca 

 

 

L A E T E R N I D A D D E X-504

 


(En los 5 años de su partida)
 
 
Querido Poe, como te bautizó Gonzaloarango quedándote debiendo el ta, que sobraba.
       La noticia de tu apagón me cayó como un golpe de gracia.
       Estaba frente al Mediterráneo con mi nieta de un año en los brazos recibiendo el sol de la dicha y me desplomé. El momento más amable de mi vida fue eclipsado por el más triste.
      ¿De qué vale pervivir en el mundo si ya no está quien con sus poemas lo creaba, lo cantaba, lo descifraba? El mundo no existe en seco, necesita de la palabra para afirmarse
.
Desde mis 18 años comencé a leer lo que emanaban tus manos y que me contabas que lo ibas leyendo en el duermevela todas las noches de un gran libro con ribetes dorados
      que pasaba solo todas las páginas y acostado ibas copiando a lápiz en una libreta diestra.
      Cuando llegaba a tu cuarto antes de que salieras a trabajar a la Administración de Impuestos, manejando esa inmensa computadora llena de deudores morosos,
       ni tardo ni perezoso me sentaba a tu máquina de escribir recién adquirida donde ya habías pasado a limpio esas percepciones oníricas en lo que siempre creí.
       Tanto que a veces me tendía en tu cama a ver si a mí también se me aparecía el grueso volumen. Pero nanay.
       Y para qué, si era el primer lector deslumbrado de esos Poemas de la Ofensa que fue un libro supremo de la poesía colombiana, por decir lo menos, porque siempre se supo que lo era a la vez de la poesía en español.
       En lugar de procurar imitarte, como hubiera correspondido y como traté de hacerlo más tarde, me zambullía en poemas del absurdo inconsciente a la manera de Tzara, Peret y Prévert, que sólo me viniste a aprobar cuando llegué al Santa Librada College.
       Era un privilegiado con un maestro que sólo me llevaba 8 años, amamantado en Blake, Whitman y Lautréamont. En Poe, Proust, Mann y los poetas de Oriente, la mayoría de cuyos tomos terminé detentando.
 
Me asustaba que tu tema favorito fuera la Muerte, sin percibir entonces que esas saetas que le lazabas eran la forma de conjurarla, lo que te funcionó hasta casi cumplir 90.
      Como lo hizo el otro monje del nadaísmo caleño, Elmo Valencia, quien haciéndose el zen dejó sentado que “nada muere cuando uno muere”. Y se fue a esperarla en el ancianato caleño.
       Donde no resistió que le ofrecieran su primer trabajo, ser el director de su biblioteca.
       Tú habías escrito juguetón como casi siempre que tocabas lo trascendente:
      “Para que nunca me encuentre / la Muerte aquí me le escondo / Si les pregunta por mí / digan que no me conocen”.
       Le supiste hacer los quites a tu manera, escribiendo esos libros que cada vez iban escalando otro cielo. 
 
Aparte de nuestro profeta Gonzalo, quien fundó y desenfundó el nadaísmo,
      como si cada uno fuera llamando al siguiente se fueron yendo, entre los de Medellín Amílcar Osorio, Darío Lemos, Humberto Navarro, Jaime Espinel, Alberto Escobar, el negro Billy, Rosa Girasol, Guillermo Trujillo;
      y entre los de Cali Alfredo Sánchez, Diego León Giraldo, El nadaísta de Cartago, Augusto Hoyos, Elmo Valencia y ahora tú, aunque naciste en Antioquia.
      Los sobrevivientes te lloran: Armando Romero, Jan Arb, Pedro Alcántara y Dukardo H, del nadaismo de Cali; Eduardo Escobar, del de Medellín; Pedro Blas, Álvaro Barrios, Álvaro Medina, Rafael Vega-Jácome del de Barranquilla; Pablus Gallinazo de Santander; Patricia Ariza, Dina Merlini y Dora Franco del de las mujeres.
      Pero el nadaísmo sigue como si no hubiera pasado nada. La nueva juventud está cada vez más sedienta del “inventico”. Y todo el mundo, ahora que no tenemos enemigos visibles, se lamenta de tu partida. Y te aclama como uno de los mejores bardos del mundo.
 
Siempre me protegía tu presencia así estuvieras en otro mapa, como lo hiciste toda la vida invitándome a almorzar y dándome trabajo publicitario y consiguiéndome dormidero hasta que logré acomodar mi esqueleto.
      Que por cierto está tan bien como el tuyo, tal como me dijiste hace 7 días cuando te llamé a despedirme, pues te formuló el médico que dada tu salud podrías vivir 100 años.
Fue cuando me cantaste, al confiarte que iba para la mar de Barcelona a soplar la vela del cumpleaños de mi nieta para luego volver a mi Montaña Mágica en Villa de Leyva a seguir trabajando por el nadaísmo perpetuo: “Te saliste con la tuya”.
      No supe si lo dijiste como un reconocimiento, o como una reconvención.
      Hoy me he prometido aguantar lo que pueda viendo de proyectar lo que queda inédito de tu obra, Entrepiernas, esos tus cuentos rescatados de los Sagrados Archivos. Escritos por la misma época de Los poemas de la ofensa, en los primeros 60s hace 60.
      “La eternidad tiene tiempo de esperarme”, y lo tuvo. Es más, tu eternidad comenzó desde que escribiste esa frase. Lo que significó un mentís al Olvido.
 
Moriste solo, como viviste. Encerrado en tu cuarto de baño, sobre la taza del sanitario exhalaste tu último aliento.
      Con la noticia, frente al océano, al que también tanto cantaste cuando recibías la visita de la ballena y del hijo de la ballena, terminé ahogado en llanto.
      Y recordé tus versos de hace 60 años a los que ahora en su punto final encuentro razón:
      “La Muerte me oculta las recetas del médico, me derrama la leche, me esconde las medias. / Es evidente que la Muerte me persigue. ¿No les parece a ustedes?”
       Aunque frente a tu resistencia corporal y la obra que dejas, no creo que sea para dársela por ganada. Tampoco en este caso ella tendrá predominio. 
 
 
Sept.5-21

 

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