Los aullidos de los perros guardianes son continuos
mientras Radim celebra la Eucaristía.
Las palabras del canto «Oh, San Miguel»
ascienden desde la celda.
El cáliz es una cuchara y la hostia, un panecillo.
El Señor Dios está con nosotros por siempre jamás.
....................
Dios, ¿sabes algo de mí,
desde que me has encerrado aquí?
¿Te acuerdas alguna vez de mí,
en este pozo inmundo durante años?
¿Creaste los laureles y la belladona,
que pondrán fin a mis días?
¿Me has condenado a una fama inútil,
o moriré en algún lugar cubierto de vergüenza?
Te lo ruego humildemente, Señor,
Bartolomé, tan cruelmente desollado:
No me dejes más
en las fauces del Leviatán en vano.
....................
En la desgracia siempre vuelvo
con destreza a la religión
pero ya ni siquiera rezo
una vez que me acomodo
(Los santos en los nichos de la fachada
quizás deberían interceder
junto a San Hugo y su cisne
Solo Tú puedes perdonarme)
Veintidós ángeles en el piso de arriba
están adheridos a las pilastras en fila
diez, veinte años en el presidio
hombres que cumplen su pena en míseras condenas
Se sientan a mi alrededor en la iglesia
Sobre sus rostros se proyectan sombras
no de la lámpara eterna, sino del gas natural
Dios, ¿es apenas mediodía
o distingo el acercarse de la noche?
¿Es la bomba acaso un gran cuchillo?
¿Está el viento arrancando las últimas hojas
del espino en el patio o
volverán a brotar verdes? Dímelo
¿Hay corteza rodeando el cielo
como la que envuelve a los árboles de la tierra?
¿O son solo los coros de ángeles
los que te rodean en tu gloria?
¿Eres Tú, Dios, quien está en ese vacío?
¿Arde fuego en ese vacío?
Sur sofocante, norte helado
¿Es Kartouzy el ombligo del mundo?
Como el cuello de un cisne
¿quién me doblega, Señor?
El presbiterio carece de altar
del quemador surgen llamas del infierno
En la desgracia siempre rezo
con el suave repiqueteo de la lluvia
sobre los rostros pétreos de los santos.
(Fuente: Henderson Espinosa)
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